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jueves, 21 de noviembre de 2013
"Arquitectura yo" en la revista digital Círculo de poesía
Círculo de poesia, la prestigiosa revista digital coordinada desde México, ha tenido a bien publicar "Arquitectura yo. La poesía de Josep M. Rodríguez", el texto del crítico literario José Andújar Almansa que aparece en el último número de la revista Ínsula. Aquí dejo el enlace.
jueves, 7 de noviembre de 2013
"Arquitectura yo. La poesía de Josep M. Rodríguez" (J. Andújar Almansa, Ínsula)
Acaba de salir el número 803 de la revista Ínsula. Incluye un extenso artículo del crítico literario José Andújar Almansa titulado "Arquitectura yo. La poesía de Josep M. Rodríguez". Este es el inicio:
"Hay libros que empiezan ganándonos con su solo título. Arquitectura yo (2012), la última colección de poemas de Josep M. Rodríguez (1976), parece imantarnos desde su cubierta; a lo que colabora sin duda la enigmática precisión con que el fotógrafo Carlos Pérez Siquier ha sabido ilustrarla. Hasta aquí la sensación. La sugestión tras la mesa de novedades o las aguas del escaparate. Leídos los treinta y siete poemas que integran el volumen, intuyo que se impone decir algo mucho más decisivo: Arquitectura yo es uno de esos poquísimos libros que llegará a convertirse en seña de identidad de toda una generación poética, del mismo modo, pongamos por caso, que Habitaciones separadas (1994) de García Montero o Los países nocturnos (1996) de Carlos Marzal resultan referentes imprescindibles de la etapa lírica anterior".
"Hay libros que empiezan ganándonos con su solo título. Arquitectura yo (2012), la última colección de poemas de Josep M. Rodríguez (1976), parece imantarnos desde su cubierta; a lo que colabora sin duda la enigmática precisión con que el fotógrafo Carlos Pérez Siquier ha sabido ilustrarla. Hasta aquí la sensación. La sugestión tras la mesa de novedades o las aguas del escaparate. Leídos los treinta y siete poemas que integran el volumen, intuyo que se impone decir algo mucho más decisivo: Arquitectura yo es uno de esos poquísimos libros que llegará a convertirse en seña de identidad de toda una generación poética, del mismo modo, pongamos por caso, que Habitaciones separadas (1994) de García Montero o Los países nocturnos (1996) de Carlos Marzal resultan referentes imprescindibles de la etapa lírica anterior".
jueves, 31 de octubre de 2013
"Arquitectura yo" en la revista Paraíso
Aquí dejo el PDF del número 9 de la revista Paraíso. En las páginas 122-124 está la lectura que el escritor José Mateos hace de Arquitectura yo.
jueves, 8 de agosto de 2013
Ex Libris
El reciente número 13 de la revista Ex Libris incluye un poema de mi próximo libro y una reseña de Arquitectura yo que firma el poeta Jacob Lorenzo, titulada "La responsabilidad de construir".
domingo, 31 de marzo de 2013
"Arquitectura yo" en Turia
En el reciente número 105-106 de la revista Turia, el poeta Juan Manuel Romero escribe una reseña de Arquitectura yo titulada "Máxima intensidad".
miércoles, 20 de marzo de 2013
"Arquitectura yo" según el poeta Jesús Jiménez Domínguez
Jesús Jiménez Domínguez firma una reseña de Arquitectura yo en La estafeta del viento, la revista digital de la Casa de América de Madrid.
martes, 19 de marzo de 2013
"Arquitectura yo" en las Universidades de Venecia y Iowa
Demasiados días sin actualizar el blog: viajes, encargos, poemas... Estuve en Italia, en la defensa de la tesis que Monika Izabela Jaworska ha escrito sobre mí. Obtuvo la máxima nota posible.
Y ya que va de universidades, una reseña que firma José Pablo Barragán en la revista digital de la Universidad de Iowa.
sábado, 8 de diciembre de 2012
"Arquitectura yo" según el poeta Antonio Cabrera
Ayer se publicó la siguiente reseña de Arquitectura yo en el suplemento Postdata del diario Levante. La firmaba el poeta Antonio Cabrera:
Con dos sombras
Poeta joven sin temor, de dicción escueta, aristada con sabiduría, aguda con densidad, Josep M. Rodríguez aborda en imágenes transparentes, poesía resonante, el enigma de la identidad de manera inquisitiva y con ímpetu existencialista.
Josep Maria Rodríguez (Súria, Barcelona, 1976), además de haber publicado, incluyendo el que nos ocupa, cinco libros de poemas, ha estudiado, traducido y antologado el haiku japonés, materia en la que es un experto entre nosotros. Esto no le ha impedido, sin embargo, dedicar otra antología -Yo es otro (2001)- precisamente al asunto del que parece huir el haiku, el yo. Podría llamar la atención que alguien tan interesado en un género poético vuelto de manera radical hacia lo externo, hacia todo lo que no se confunde con el individuo, al mismo tiempo haga acopio representativo de poemas de la tradición española reciente dedicados a tan íntimo inquilino. Ahora bien, como Josep M. Rodríguez ha entendido a la perfección, no tiene por qué existir conflicto en eso; del haiku su poesía ha tomado, con eficaz digestión, no la carne digamos filosófica o temática sino la médula expresiva: la suya es una dicción generalmente escueta, aristada con sabiduría, aguda con densidad.
Si en el manejo de la elipsis y en la certera economía de lo dicho muestra Rodríguez su deuda con la poesía oriental (que no es, por otra parte, su único caladero), el eje fundamental de sus asuntos lo constituye la interioridad, siempre analizada de manera inquisitiva, con la inteligencia enfocada de un modo muy particular, como dándole a la reflexión un sesgo oblicuo que acoge con hondura las porciones de mundo necesarias. Arquitectura yo -¿puede ser más explícito el título?- aúna en cuatro secciones poemas que abordan casi exclusivamente el enigma de la identidad, la que es a la vez construcción y derribo permanentes: “como un niño que nace / en un barco que se hunde”. Y ello porque semejante edificio se levanta rodeado por el aire de la muerte, tesis ésta de raíz existencialista que resuena rotunda: “Es por el ataúd que comprendo quién soy”.
Rodríguez parece estar especialmente dotado, como ningún otro poeta de su generación, para introducir en sus poemas –que son artefactos en los que se prepara con precisión la cuerda que ha de ser pulsada- una rara dosis de claridad, pues evitando todo hermetismo consigue generar una pátina de transparencia turbia, enriquecida. Son poemas, por tanto, llenos de resonancia. Y no tienen poca culpa de esto las sordas explosiones que proponen a la mente lectora imágenes donde se combinan lo muy concreto y material con lo moral o abstracto. Basten dos ejemplos de poemas diferentes: “Mi memoria es un mueble / con termitas: // tras la apariencia apenas queda nada” o “Como ese punto blando en la cabeza / de los recién nacidos, // tocarte es peligroso”.
Arquitectura yo se lee, en definitiva, como un álbum de estampas radiográficas pero reflexivas, capaces de exponer nuestra condición interior y hacernos ver en ella cómo vida y muerte se proyectan para dar lugar a la extraña silueta humana: “Nacemos con dos sombras / esas son nuestras alas”.
martes, 6 de noviembre de 2012
"Arquitectura yo" según el poeta Carlos Alcorta
VOCES EN LA DISTANCIA
Arquitectura yo, el último libro publicado por Josep M. Rodríguez, obtuvo el decimocuarto Premio de Poesía Generación del 27 y confirma a su autor como una de las
voces más singulares y con una trayectoria más consolidada de entre los jóvenes
poetas españoles. Libros como Frío, La caja negra o Raíz, que preceden al que
ahora comentamos, han ido apuntalando
cotas de nivel cada vez más altas y, al mismo tiempo, han transformado una voz
dubitativa, propia de la juventud, en una voz personal, segura, afirmativa.
El libro que nos ocupa está
dividido en cuatro secciones, separadas por sendas citas de otros poetas que
funcionan como una especie de guía para adentrarnos en ese bosque escrito, del
cual cada poema semeja ser un árbol independiente. El poema titulado Crudo expone, en sus versos finales, de
forma precisa esta idea: “El árbol que no es bosque / lo anticipa”. Como
anticipa también el asunto que da unidad al libro, la indagación sobre el yo,
sobre la fragmentación del yo postmoderno: “Deja de preocuparte por quién eres”
escribe Josep M. Rodríguez. La tan controvertida intención del sujeto poético
de buscar el anonimato parece encontrar en estos versos un anticipo que, no
siempre de forma uniforme, continuará desarrollándose a medida que nos
adentramos en el libro. Tal movimiento –podemos decir, siguiendo a Bloom–
procede de una búsqueda frustrada del propio yo, para concluir en una no menos
inquietante conclusión, la de tomar conciencia del “yo como parte mutilada de
una totalidad a la que alguna vez se creyó pertenecer”.
Asombra la capacidad de síntesis,
del poder de abstracción de las imágenes y su ambigua relación entre ellas,
porque son transformadas por una precisión del lenguaje poco frecuente: “El
otoño también llega hasta el mar, / una a una / las olas / se deshojan”. Se
necesita tener la mente en ebullición para relacionar el otoño estacional y la
caída de las hojas con algo intemporal como las olas, de tonos verduscos, es
verdad, en su concavidad, “en el momento de caer hacia adelante”, como escribe
Handke, lo que justificaría en cierto modo el símil; pero me atrevo a ir aún
más allá, a ese yo inscrito en el árbol del poema que parece temer ya el otoño
de la vida. Josep M. Rodríguez es un poeta joven, lo cual no impide que sus reflexiones
existenciales trasciendan su edad cronológica y estén tachonadas de un
sentimiento nostálgico que, para los que somos notablemente mayores que el
autor, no deja de sorprendernos por su sentimiento nostálgico. “Reconforta /
pensar que en otro tiempo, incluso otro lugar, / alguien vivió un estado igual a
este: // así me siento un poco menos solo”, escribe en el poema Postal de otoño. En el tránsito del yo a
la madurez, el poeta no encuentra sólidos referentes a los que aferrarse, por
eso se refugia en su pasado remoto, en el que, quienes vivieron en él,
acompañan espiritualmente el camino del poeta hacia la madurez. El poema Creer, comienza de manera contundente:
“Mi forma de buscarme en cada verso // me lleva hasta la casa de mis padres”.
Creo que estos versos confirman la idea más arriba expuesta. Cuando se
encuentra perdido, vuelve al lugar de origen, la casa de sus padres, un lugar
donde sentirse protegido, donde reencontrase.
Buen conocedor de la tradición
poética oriental, algunos de los poemas de Josep M. Rodríguez poseen el vigor
contenido y la sugerencia reiterada de un haiku, como el titulado Ukiyo-E, quizá el más elocuente, aunque
encontramos ejemplos en muchos otros poemas, como en Formas, al cual pertenecen estos versos: “En medio del maizal / una
serpiente / ha encontrado otra forma distinta de crecer”.
La cita que encabeza la segunda
parte, “Yo soy tú cuando soy yo”, del poeta alemán Paul Celan, nos llena de
incertidumbre. En la convulsa época en la que nos ha tocado vivir, la
individualidad posee un prurito difícil de erradicar, por eso llama más la
atención esta cita de Celan, poeta comprometido con la historia, en la que
parece abdicar de ese individualismo para hablar a una especie de yo colectivo
y solidario. Sin embargo, la postura ética que subyace en los poemas de Josep
M. no va encaminada hacia ese aspecto histórico, sino hacia algo de mayor
calado metafísico. Son los distintos yos que habitan en cada yo los que se
cuestionan. “Cruzo una habitación y soy otra persona” es el primer verso del
poema titulado Enseñanza y, después
de leerlo nos invade una sensación de desasosiego que tiene que ver más con el
misterio de cualquier existencia que con un temor real, porque debemos
preguntarnos qué otra persona podemos ser cuando algo altera nuestra manera de
percibir la realidad. Él mismo se lo pregunta en el verso inicial del poema Incertidumbre: “¿Hasta dónde nos cambian
las certezas?”, aunque el poeta se transforma en otro, no de un modo siniestro,
como antes especulaba, sino gracias al amor que provoca una hermosa
efervescencia emocional en la que todo queda en suspenso, como si nunca pudiera
consumarse, y esa indecisión es la que alimenta el deseo de vivir, por eso el
poeta escribe: “agradezco al amor su incertidumbre”. Un amor que le enajena,
como no podía ser de otra forma cuando es verdadero, que le trasmite la extraña
“sensación de no ser yo, / de poder no ser yo por un instante”.
Consecuencia, tal vez, del
desdoblamiento emocional que provoca la dicotomía entre el amor y su pérdida,
nacen los poemas de la sección tercera, la cual comienza con un poema de título
significativo, Interior, en el que el
autor reflexiona sobre las consecuencias de su turbación. El poeta se
desconoce, hasta el punto de preguntarse “¿Desde cuándo he dejado de importarme?”.
En Yo, o mi idea de yo, expone aún
con más crudeza su perplejidad. Cómo soy, cómo pienso que soy, o cómo mi
pensamiento piensa que soy, parece preguntarse y preguntarnos el poeta porque,
como escribe Orlando González Esteva: “Nada hay más lejos de uno mismo que
quien uno supone ser”. Por otra parte, también abunda en la misma idea Mark
Strand cuando escribe: “No hay manera de dispersar la niebla en la que vivimos,
no hay manera de saber que hemos aguantado un poco más”. Creo que Josep M.
estará de acuerdo con este “no saber” al que alude Strand, porque esta
“ignorancia” alimenta su poética desde el inicio hasta el fin del libro. Acaso
ese desconocimiento de sí mismo, esa crisis de identidad provenga de otra
crisis emocional que se anuncia en poemas como el titulado Sala de espera, en el que sin caer en un sentimentalismo vacuo, más
bien todo lo contrario, Josep M., en un magistral empleo de la elipsis, nos
describe el primer paso de un internamiento hospitalario. Cualquiera que lo
haya sufrido en sus carnes, o en la de personas cercanas, sabe lo que ocurrirá
después. Auscultaciones, pruebas, medicamentos, enfermeras, médicos, auxiliares.
Un continuo ajetreo para posponer lo inevitable. Por eso no puede extrañarnos
que en medio de ese trajín, al poeta la memoria le traslade hacia un instante
feliz, la Primera visita al zoo, con
su madre. El poema Morgue,
perteneciente a la última sección del libro, supone llegar a la antesala del
destino tristemente previsto, el lugar aséptico donde el cuerpo es sólo un objeto
de estudio, algo sin alma, sin historia, sin sentimientos, por más que nos
duela su ausencia. No asistimos a cremación o enterramiento alguno, pero en la
mente de cualquier lector se sucederán imágenes repetidas que el poeta,
hábilmente, nos hurta. Es mejor así. Cada cual puede sustituir por rostros
conocidos esa máscara.
Una poesía tan depurada como la
de Josep M. Rodríguez no necesita de pormenorizadas descripciones de los
hechos. Pretende justamente lo contrario, dejar que el lector construya su propia
historia íntima con los retazos que pueda aprovechar de la historia del poeta.
En eso consiste la poesía, en transformar una experiencia cotidiana en una
experiencia universal y verosímil. El poema tiene que traspasar la frontera
entre el autor y el lector, debe suprimir el yo, para hacerse un tú, un él, un
nosotros. Creo que ese era uno de los objetivos de Josep M. Rodríguez al
escribir este libro, y según mi parecer, lo ha conseguido magistralmente.
domingo, 14 de octubre de 2012
sábado, 13 de octubre de 2012
"Arquitectura yo" en El país
Hoy, reseña de Arquitectura yo en Babelia, el suplemento de libros de El país. La firma el poeta y crítico literario Luis Bagué Quílez.
lunes, 1 de octubre de 2012
"Arquitectura yo" en Cuadernos Hispanoamericanos
El poeta Juan Marqués ha colgado en su blog la reseña de Arquitectura yo publicada en el número de septiembre de la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Aquí dejo el enlace.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
"Arquitectura yo" según José Luis Morante
Reseña de Arquitectura yo en el blog del poeta y crítico literario José Luis Morante. La enlazo aquí.
miércoles, 20 de junio de 2012
"Arquitectura yo", según el poeta Antonio Praena
El autor de Actos de amor ha reseñado, en su blog, mi último libro. Aquí dejo el enlace.
domingo, 17 de junio de 2012
"Arquitectura yo", según José Enrique Martínez (Diario de León)
Algún día visitaré Comala
Según declaró en una ocasión Josep M. Rodríguez (Súria, Barcelona, 1976), el espacio de su poesía es «un realismo ensanchado psíquicamente», en equilibrio entre opciones poéticas opuestas y construido con trabajo, intuición y economía verbal. No disuena el verbo «construir» aplicado a un poemario que se titula Arquitectura yo: «a ratos me construyo», «a ratos me derribo», escribe Josep M. Rodríguez, uno de los poetas jóvenes de mayor enjundia, con una poesía sintética y densa, en la que el pensamiento suele condensarse en algún verso feliz y donde la emoción fluye oculta como la savia de los árboles. Se trata, por otro lado, de un poeta que modela cuidadosamente cada pieza, evitando caer en lo ya dicho. «Amenazan los tópicos», escribe, consciente de que, tras miles de años de poesía, todo tema ha recibido acuñaciones reiteradas una y otra vez, y de que la labor del poeta consiste en dotar de expresión original a la idea común. «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar» son los versos más citados de nuestra literatura; pero Josep M. Rodríguez escribirá: «El otoño también llega hasta el mar. / Una a una / las olas / se deshojan»; la vieja idea manriqueña ha recibido así novedosa plasmación verbal. Ortega decía que la poesía consistía en eludir el nombre cotidiano de las cosas, gastado por el uso, y en ponernos ante el ángulo nunca visto del objeto de siempre.
A la construcción de la identidad que es el poemario Arquitectura yo, contribuyen los recuerdos, en primer lugar, que atestiguan lo que ya no volverá («Nos construyen las pérdidas») y certifican, por lo tanto, el vacío desde el que se canta, la soledad inscrita en el alma y la belleza inútil de las cosas; en segundo lugar, el amor, con la imagen del puente que no se sabe adónde lleva, asentándose, por tanto, en la incertidumbre del mismo; si la incertidumbre amorosa es un aliciente para el poeta, no lo es referida a la vida: «No hay miedo comparable a la incerteza». El azar (la enfermedad, la muerte, etc.) siembra la vida de temor. Los poemas últimos aluden, en efecto, a la muerte. La muerte es el pináculo de la arquitectura del yo alzada por el poeta: «Es por el ataúd que comprendo quien soy». No hay espacio literario más ligado a la muerte que Comala: algún día la visitaremos todos; mientras tanto «todo es víspera», según atestigua esta poesía escueta y densa, ajustada a las más hondas verdades del transcurso vital del hombre.
Según declaró en una ocasión Josep M. Rodríguez (Súria, Barcelona, 1976), el espacio de su poesía es «un realismo ensanchado psíquicamente», en equilibrio entre opciones poéticas opuestas y construido con trabajo, intuición y economía verbal. No disuena el verbo «construir» aplicado a un poemario que se titula Arquitectura yo: «a ratos me construyo», «a ratos me derribo», escribe Josep M. Rodríguez, uno de los poetas jóvenes de mayor enjundia, con una poesía sintética y densa, en la que el pensamiento suele condensarse en algún verso feliz y donde la emoción fluye oculta como la savia de los árboles. Se trata, por otro lado, de un poeta que modela cuidadosamente cada pieza, evitando caer en lo ya dicho. «Amenazan los tópicos», escribe, consciente de que, tras miles de años de poesía, todo tema ha recibido acuñaciones reiteradas una y otra vez, y de que la labor del poeta consiste en dotar de expresión original a la idea común. «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar» son los versos más citados de nuestra literatura; pero Josep M. Rodríguez escribirá: «El otoño también llega hasta el mar. / Una a una / las olas / se deshojan»; la vieja idea manriqueña ha recibido así novedosa plasmación verbal. Ortega decía que la poesía consistía en eludir el nombre cotidiano de las cosas, gastado por el uso, y en ponernos ante el ángulo nunca visto del objeto de siempre.
A la construcción de la identidad que es el poemario Arquitectura yo, contribuyen los recuerdos, en primer lugar, que atestiguan lo que ya no volverá («Nos construyen las pérdidas») y certifican, por lo tanto, el vacío desde el que se canta, la soledad inscrita en el alma y la belleza inútil de las cosas; en segundo lugar, el amor, con la imagen del puente que no se sabe adónde lleva, asentándose, por tanto, en la incertidumbre del mismo; si la incertidumbre amorosa es un aliciente para el poeta, no lo es referida a la vida: «No hay miedo comparable a la incerteza». El azar (la enfermedad, la muerte, etc.) siembra la vida de temor. Los poemas últimos aluden, en efecto, a la muerte. La muerte es el pináculo de la arquitectura del yo alzada por el poeta: «Es por el ataúd que comprendo quien soy». No hay espacio literario más ligado a la muerte que Comala: algún día la visitaremos todos; mientras tanto «todo es víspera», según atestigua esta poesía escueta y densa, ajustada a las más hondas verdades del transcurso vital del hombre.
Diario de León, 17 de junio de 2012.
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