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lunes, 26 de septiembre de 2011

El umbral, de María Victoria Atencia

En La estafeta del viento acaban de colgar mi reseña de El umbral, de María Victoria Atencia. Para leerla, haz click aquí.

martes, 19 de julio de 2011

Luis García Montero

Luces de carretera

Lo primero que suele llamar la atención cuando uno descubre los poemas de Luis García Montero es la claridad que irradian. Esa forma tan directa y aparentemente sencilla de decir que “un hijo es el segundo país donde nacemos” o, también, que “vivir es ir doblando las banderas”. Es curioso, pero siempre que vuelvo sobre este último verso no puedo evitar acordarme del anciano y descreído Louis Aragon, quien después de sobrevivir al dadaísmo, a la Revolución Rusa de 1917, a Breton, a Stalin…, y una vez regresado ya de todos sus sueños, escribe: “A quién dejar mi herencia, un cianuro / de palabras caídas desde las utopías (...) Qué largo se hace morir durante toda una vida”.

Y de ahí, quizá, el subtítulo del volumen en el que se incluyen los citados versos: Les chambres. Poème du temps qui ne pas. Pero el tiempo sí pasa, incluso para Aragon, que cuenta setenta y dos años cuando el libro sale a la luz. Fue en 1969. Y aquél sería el último poemario que publicaría en vida, por lo que muchos lo consideran una especie de testamento literario: “A partir de un / cierto día vivir no es más que sobrevivir / Nunca más habrá otra cosa que este desorden llamado irrisoriamente memoria”.

Como en Les chambres, la poesía de Luis García Montero se ha venido caracterizando por un marcado componente autobiográfico ―recordemos, por ejemplo, “Irene mira por primera vez la lluvia” o “La realidad”―, una querencia que se ha acentuado en su libro más reciente, Vista cansada. Como escribe Don DeLillo al principio de una de sus mejores novelas, los poemas despojan la realidad hasta reducirla a algo que no siempre se está dispuesto a percibir. O, mejor, que uno tan sólo aprende y acepta con los años. Lo veíamos en Louis Aragon y lo vemos en García Montero: la poesía como ajuste de cuentas con la realidad. Sin medias tintas. Sirva de ejemplo el poema que el autor granadino dedica a su padre y que termina con un desolador y contundente “voy a decepcionarte también en mi vejez”.

En el otro extremo, poemas como “Aniversario (2004)” o “Maletas perdidas” nos muestran la cara amable de la vida. “Nunca estuvo en mi mano ser feliz. / Pero conozco la alegría”, se nos dice en un poema significativamente titulado “Compromiso”. Término, éste, del todo necesario para entender la poética de Luis García Montero: poesía comprometida con lo que nos rodea, pero, por encima de todo, poesía comprometida con uno mismo. Desde la dignidad. Desde el orgullo ―“Igual que estas palabras escritas con orgullo” sentencia el poema “Las huellas”.

Y hablando de huellas, no me resisto a citar los conocidísimos versos de Lope de Vega: “Cuando me paro a contemplar mi estado / y a ver los pasos por donde he venido”. Porque eso es, precisamente, Vista cansada. La obra de alguien que ha hecho un alto en el camino para ver dónde está y por dónde ha venido: su propio nacimiento (“1958”); sus padres (“Madre”, “Coronel García”), su infancia ―no en vano, “Infancia” es el título de una de las secciones―; sus años de estudiante (“Idioma”, “Asientos reservados”); sus “Primeros versos” y su “Primer amor”; sus amigos (“Defensa de la amistad”) o “Los hijos”: “Elisa, Irene, Mauro, / cada cual con su puerto y con su lluvia”.

Lo que no quiere decir que sus poemas se reduzcan a la mera autobiografía. “Se puede despojar de realidad una historia por querer hacerla demasiado veraz”, sentenció Oscar Wilde en La decadencia de la mentira. Frente a una literatura demasiado consciente de la realidad, Wilde propone el concepto de verosimilitud. Que es exactamente lo mismo que expusieron tanto Diderot, en La paradoja del comediante, como Luis García Montero en un artículo titulado “La poesía sigue siendo útil”: “No hay otra verdad en poesía que la verosimilitud”.

Una verosimilitud que se fundamenta en el conocimiento de la tradición y de los recursos técnicos. Ahora bien, para Luis García Montero dichos recursos son como el andamiaje de un edificio: sólo se necesitan durante su construcción. Y es precisamente ese no querer recrearse en saberes y costuras poéticas lo que estrecha la distancia entre lector y poeta, toda vez que acentúa la sensación de confidencia, de intimidad ―La intimidad de la serpiente era el título de su anterir libro―. Como si de repente alguien pusiera en nuestras manos un álbum fotográfico de su vida: “Hoy sé lo que pasó, / cómo se han comportado / los amores, los cuerpos, / el trabajo y la muerte”. Una idea sobre la que parece reincidir el poema “Dudas”: “Vas a ser un perdido. / No me importa. / Me parece más triste / no saber dónde estoy”. 

No hay duda de que Luis García Montero sabe dónde está. En lo vital y en lo literario. Suele decirse que hay poetas de juventud y poetas de madurez, en función de su cima literaria o de cuándo publican sus mejores versos. Y eso es así por lo difícil que le resulta a cualquier autor mantener su nivel más alto. Afortunadamente, Luis García Montero ha demostrado con Vista cansada que es una de esas raras excepciones. Un autor cuyos poemas son como esas luces de carretera que nos alumbran cuando más las necesitamos. Sin importar en qué punto del camino nos encontremos. 


(en Juan Carlos Abril y Xelo Candel, eds.:
El romántico ilustrado, Renacimiento, Sevilla, 2009)

lunes, 4 de julio de 2011

"Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea", de Gustavo Guerrero

Escaparate inmenso
 
En Contes des sages de l’Inde, Martine Quentric-Séguy recoge la historia de un príncipe que ante la prematura muerte de su padre tiene que hacerse cargo del reino. Consciente de su falta de preparación, el nuevo rey pidió a sus consejeros que recorrieran el mundo recopilando toda la sabiduría y toda la ciencia que encontrasen a su paso. Tardaron años en regresar y fue tanta la cantidad de rollos, de volúmenes, de dromedarios cargados de libros, que el rey comprendió que le sería imposible leerlos aunque viviese dos vidas; así que encomendó a los hombres más sabios del reino que se los resumieran. Y pasaron los meses, y pasaron los años, y el rey dispuso de una magnífica biblioteca que, sin embargo, sus funciones como gobernante le impedían leer. De ahí que se decidiese a reunir nuevamente a sus asesores para encargarles que sintetizaran aquellos conocimientos y saberes en un único libro. Ni que decir tiene que tuvo que pasar mucho tiempo hasta que, un día, el monarca recibiera la visita de sus consejeros con el ansiado libro, de varios tomos. Pero el rey ya estaba demasiado viejo y enfermo para leerlos: si cerraba los ojos podía escuchar cómo se aproximaba la muerte. Debía apresurarse, así que le pidió al más sabio de entre los sabios que resumiera aquellos volúmenes en una sola frase. “Majestad –dijo– toda la sabiduría cabe en tres palabras: vive el instante”. Y es, precisamente, esa necesidad de aprovechar, de vivir el instante, la que parece arrastrar al hombre contemporáneo hacia lo nuevo. Todo envejece demasiado rápido. Y la rapidez, como escribió Gregorio Marañón, es una virtud que engendra también su vicio, que es la prisa.
 
Una prisa de la que ni siquiera escapa la poesía: da la sensación de que si un autor no edita un libro cada tres o cuatro años, no existe. Y qué decir de las antologías de lírica joven, en las que ya incluso se destaca a poetas que aún no han publicado su primera obra: en lo que vendría a ser algo parecido a ir a una exposición de flores y sólo encontrar semillas. ¿Por qué tanta prisa? Hay caminos que hay que andar despacio, y la poesía, sin duda, es uno de ellos. Por eso es de agradecer que, a la hora de ofrecernos una visión panorámica del otro lado del Atlántico, el venezolano Gustavo Guerrero se decante por escritores de más de treinta años –una edad en la que las promesas ya deben ir acompañadas de realidades.

Pero empecemos por el principio: Cuerpo plural es una selección de cincuenta y ocho autores hispanoamericanos nacidos entre 1959 y 1979, cuyo nexo común es, según su antólogo, “la erosión y el gradual desmantelamiento del paradigma poético que se impone con el modernismo y las vanguardias”. Por lo general, cada escuela o promoción literaria nace y se inflama desde contacto directo con la anterior, como cuando encendemos un cigarrillo con la colilla de otro. Pues bien, para Gustavo Guerrero este grupo de escritores parte y a la vez rompe con la tradición moderna de la poesía. “Se trata de poner en tela de juicio la literatura / con criterios no creados por ella; o sea: / de tensar los versos ante la acción del fuego / y de calificarlos no con el lápiz sino con el cuchillo, / por ejemplo, o una sierra cariada o el carozo / de un durazno”.

Estos versos del argentino Sergio Raimondi muestran la actitud combativa y desmitificadora de los autores reunidos por Gustavo Guerrero. Y es precisamente esa actitud desmitificadora la que en cierta medida justifica el uso de la burla, la parodia y la ironía en textos como “Hoy cocina Matsuo Bashō”, del propio Raimondi, o “El lugar donde se fríen los espárragos”, del mexicano Julián Herbert: “(En el lugar donde se fríen los espárragos / no queda un palmo de tierra para sembrar plantas sagradas.) // Trabajos de poeta. / Aspiración. Espiración. Espiritismo / con sonsonete. La belleza es sólo caos…”

Es obvio que la poesía ha dejado de ser un oráculo. Que ya ni siquiera ordena o estructura. El chileno Héctor Hernández Montecinos lo deja claro: “Porque cuando los dioses se quedan en silencio los desiertos de atacamas del mundo florecen hacia adentro de los ojos / Ya no queremos ser más ciegos / Buscamos luchar contra la desesperación del tiempo y los demonios del poder / Pero sólo ahora hemos resuelto que la poesía es un rumor de prestidigitadores / Y que nuestros dedos son dardos / La verdad es una de las pocas mentiras que hace daño en este contexto / No escribimos artes poéticas / Leemos las coyunturas de la vida”. 

Ese interés, casi me atrevería a decir esa obsesión por la realidad que les rodea, es una característica común entre estos autores. El ya mencionado Herbert tiene un poema titulado “Mac Donald’s” (sic.), mientras que –en “Variación retórica mínima”– el paraguayo Joaquín Morales imagina distintos escenarios donde la muerte podría sorprendernos: frente al café con leche y la pasta del desayuno, o quizás frente a un helado a medio consumir y una mosca revoloteando alrededor, o puede incluso que en calzoncillos, mientras nos rascamos “el ombligo y la experiencia”. Y ya que estamos con la muerte, no me resisto a citar “El inmortal”, breve texto del colombiano John Galán Casanova: “Soñé mi epitafio // No tenía lápida / ni tumba. // Era una simple nota / pegada con cinta / y decía: // Estoy en la biblioteca”.

Ni la muerte escapa al tono desenfadado y a la broma. De hecho, en algunos casos, ese desdén por “las verdades más altas y espirituales” y la consiguiente atracción por “nuestra realidad baja y material”, en palabras de Gustavo Guerrero, desemboca en el hiperrealismo o en cierta estética de la marginalidad, como si se tratase de un cuento de Raymond Carver –al que, por cierto, la argentina Laura Wittner dedica uno de sus poemas– o de una fotografía de Anders Petersen. Pienso, por ejemplo, en “Probablemente aprendería a quererla si se rociara el cuerpo de bourbon”, del mexicano José Eugenio Sánchez, o en uno de los autores jóvenes más interesantes, el dominicano Frank Báez: “no tienes dinero para taxis, no tienes teléfono, / eres un madero flotando en el lago, te duermes / en el último vagón del metro, el alba helada te encuentra / en porches fumando o avanzando por barrios polacos, / por 95th Dan Ryan, por Oak Park, por Belmont…”
 
La suciedad, la herrumbre, los márgenes, también están presentes en la poesía de argentino Daniel García Helder. Y es que el cuestionamiento de los modelos tradicionales lleva a estos escritores a una constante experimentación en busca de nuevos lenguajes poéticos. Quizá los casos aparentemente más llamativos sean los del chileno Jaime Luis Huenún –que mezcla el español y el mapuche, algo parecido a lo que ya hicieran algunos autores chicanos, como Tino Villanueva, cuyos poemas combinan español e inglés– y el boliviano Juan Carlos Ramiro Quiroga, que invierte el orden de las palabras en cada verso, supongo que con el mismo objetivo con el que Georg Baselitz le da la vuelta a sus cuadros: liberar la pintura o en este caso los poemas de estructuras preconcebidas. Cito al guatemalteco Allan Mills: “No cabe la poesía en la palabra: / la estira / la tensa / la quiebra”.

Más allá de este cuestionamiento de los modelos tradicionales de escritura, si hay una característica común a los autores seleccionados por Gustavo Guerrero es, precisamente, la ausencia de características comunes, es decir, su pluralidad –y de ahí el título de la antología–. Del oscuro neobarroco del dominicano León Félix Batista, al delicado minimalismo del colombiano Jorge Cadavid o a la poesía de alto voltaje del peruano José Carlos Yrigoyen. Pasando por el culturalismo irónico de Eduardo Chirinos o por el hermetismo de muchos de los nombres recogidos en este volumen. Permítanme un apunte al respecto de esto último: no entiendo por qué algunos de estos autores encierran la poesía en un laberinto sin Minotauro, es decir, en un hermetismo que no tiene más peligro, más riesgo, que el hermetismo en sí.

Pero volvamos al peruano Eduardo Chirinos, del que la editorial Visor acaba de publicar Mientras el lobo está –probablemente el mejor de sus últimos libros–. Como él, otros autores han publicado en editoriales españolas: Ramón Cote Baraibar, Edgardo Dobry, Luis Chaves, Julio Trujillo… Sin embargo, a buen seguro que el lector descubrirá nuevos nombres que prenderán la mecha de su curiosidad. Y tal vez por eso sorprende que Gustavo Guerrero tan sólo haya seleccionado uno o dos textos de Patricia Guzmán, de Otoniel Guevara, de Fernando Denis o, por no extendernos, de Kathia Chari. Todos ellos conforman –junto a otros poetas a destacar, como Rolando Sánchez Mejías, Edwin Madrid o Sergio Parra– el inmenso escaparate que es, en definitiva, Cuerpo plural. No deje el lector, como el rey del cuento, de disfrutar de su lectura.

En Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 723 (septiembre, 2010)

martes, 21 de junio de 2011

"Abierto", de Juan Marqués

En la entrada de ayer hice un balance inicial de cómo y por dónde van las votaciones para escoger el mejor libro de poemas de 2010. Me he dado cuenta de que –de esa primera nómina– sólo había subido hasta ahora la reseña de Mi vida social, de Justo Navarro. Os recuerdo la entrada.

Por esa razón hoy quiero enlazar el texto que escribí para La estafeta del viento sobre otro de los libros que, con justicia, está en la lista: Abierto, de Juan Marqués.

Para leer mi reseña tan sólo tienes que hacer click aquí.

lunes, 6 de junio de 2011

lunes, 30 de mayo de 2011

"Poesía completa", de Mario Rivero


Mundo abierto en canal

Mario Cataño Restrepo (Envigado, 1935-Bogotá, 2009) podría ser un personaje de novela de aventuras. Se dice que fue voluntario en la Guerra de Corea, cantor de tangos, marchante de arte, gigoló, conferenciante por los pueblos de su Antioquia natal, locutor de radio, granjero, vendedor de enciclopedias, acróbata y levantador de pesas en circos ambulantes, contrabandista, actor de teatro, guía turístico... y, por supuesto, también fue el poeta Mario Rivero: “Mario me llamo / soy mordisco al aire / soy un husmea-cosas / soy un cuenta-cosas”.

Ese “cuenta-cosas” nació en marzo de 1963 con la publicación de Poemas urbanos, una veintena de textos que habían ido apareciendo desde 1958 en el suplemento Lecturas dominicales del periódico El tiempo, y que no fue hasta que se recogieron en libro cuando empezaron a extenderse por los ambientes literarios de Bogotá como lava encendida: luminosa, irrefrenablemente. Gonzalo Arango celebraba “con júbilo” la edición de Poemas urbanos: “Esta poesía de Mario Rivero no sólo abrirá el camino y lo alumbrará sino que será el camino en la crisis y el eclipse del arte deshumanizado de nuestro tiempo. Saludo en su voz al poeta urbano que esparcirá resonancias de una belleza nueva en las avenidas del porvenir”.

El entusiasmo del fundador del Nadaísmo no fue una excepción. Como apunta Andrés Holguín, aquel primer libro de Mario Rivero “fue elogiado, con razón, por nadaístas y no nadaístas”, en parte por esa condición de “poeta urbano” a la que hacía referencia el autor de Prosas para leer en la silla eléctrica. Desde Baudelaire, la metrópolis se ha venido identificando con la modernidad: las primeras vanguardias históricas, T. S. Eliot y Walter Benjamin, Poeta en Nueva York... Una tradición que, sin embargo, Mario Rivero abraza con algunas reservas, porque para él la gran ciudad no es sólo el escenario, sino también el motor de unos poemas que nacen del contacto directo con miles de seres marcados a fuego por su anonimato: “una mujer gorda que abre un paraguas”, tres “modistillas” que esperan el autobús, obreros en su descanso para comer... “Esta calle, mi calle, / se parece a todas las calles del mundo. / Se ven estas cosas y otras cosas”.

Sin embargo, Rivero no escribe –a diferencia de Georg Trakl– “contra la ciudad / donde fría y malvada / habita una estirpe pudriéndose / que a los blancos nietos / prepara un futuro sombrío”. Más bien lo contrario. La suya es un poesía que pretende dar voz a los que no tienen voz. A esa estirpe de hombres y mujeres marginales, desencantados: “Hay tanta soledad a bordo de un hombre”. Sin duda su actitud es similar a la de Nicanor Parra o a la de los españoles Blas de Otero, Gabriel Celaya y José Hierro, para quienes el compromiso ético era igual de importante que el compromiso estético. O quizá más. Algo parecido a cuando Kipling afirma: “Yo no poseo el don de la palabra, pero digo la verdad”.

De ahí el particular estilo de Rivero: deshilachado y prosaico, pretendidamente antirretórico. De ahí también el lenguaje directo y coloquial de sus textos. Como en el primer “Tango para Irma la dulce”, paradigma de la poesía conversacional: “Ya la noche se había acabado / ella puso su mano en mi cara y dijo «soy una mujer cansada» (…) Y luego como la cosa más natural del mundo / «sé que el error está en mí misma»”.

Perteneciente a Baladas sobre ciertas cosas que no se deben nombrar, “Tango para Irma la dulce” aúna ya desde su título mismo dos motivos que se irán repitiendo en la obra de Mario Rivero. Por  un lado, el cine –aquí presente en la alusión directa a la película de Billy Wilder y al personaje encarnado por Shirley MacLaine– . Y, por el otro, la música: “Sosa Beny Moré Gardel / los clásicos del tango y del bolero / y los otros / los Mozart y los Beethoven de siempre / en fin todo eso que uno no ha aprendido a sentir / pero que sí parece lo único verdaderamente pulcro / adecuado / para evadir la brutalidad de los sucesos”.

La fascinación que ejerció la música sobre el carácter mitómano de Mario Rivero –que, recordemos, fue cantante de tangos, toda vez que también ejerció de representante o mánager de otros músicos–,  probablemente explique o sea la causa de la cadencia y sonoridad de sus poemas, pese a que estos carecen de métrica y por supuesto de rima. Y pese a que en ellos hay una búsqueda consciente de un lenguaje empobrecido, a semejanza de la realidad que quieren representar.

Sería injusto, no obstante, quedarnos tan sólo con esa imagen de poeta social y urbano, porque sus textos esconden momentos de una lírica atroz, inmisericorde: “El tiempo es un caballo leproso / que pisotea las cosas”. El autor de Flor de pena entendió que la poesía, el arte en general, es la única forma de evitar que el tiempo pisotee y borre cuanto encuentra a su paso. Es una lucha desigual y suicida. Y quizá por ello, igual que el boxeador que en mitad del combate se lanza desesperado a por su rival porque se ha dado cuenta de que no tiene ni la más remota posibilidad de ganar, quizá por ello, los últimos libros de Mario Rivero son algo más introspectivos: había comprendido que él es un personaje más de sus poemas. Otro antiheroe.

Por más que la belleza de sus versos se lo desmintiera una vez y otra vez. Como el cuervo de Poe. Como las olas de un mar infinito.

Publicada en Cuadernos hispanoamericanos, núm. 719
(mayo, 2010), pp. 119-121.

lunes, 9 de mayo de 2011

"El dormitorio ajeno (38 poemas de amor)", de Ignacio Elguero

Presencia y extravío

Para Plotino, pasar de una vida a otra es como dormir en distintos lechos y distintas habitaciones. El coreano Man-Going escribe: “Antes de que naciéramos / ¿habríamos podido conocernos?”. Y Borges cita a Empédocles de Agrigento (“yo fui doncella, yo fui una rama, yo fui un ciervo y fui un mudo pez que surge del mar”), para afirmar después que la transmigración ha sido uno de los grandes temas de la literatura. Aunque, si hay dos temas a tener en cuenta en la literatura o, más en concreto, en la historia de la poesía universal; esos, son el paso del tiempo y la pulsión que nace entre el amor y el deseo. Dos temas unidos desde el horaciano “carpe diem” o desde que Ausonio hizo de la rosa el símbolo occiental por excelencia para representar la transitoriedad de la belleza. La utilización de los motivos florales como reflejo de dicha caducidad, o tránsito, es algo habitual en casi todas las culturas, por ejemplo: la flor del cerezo o aquella otra que los japoneses denominan “asagao” y a la que cada traductor al español ha dado un nombre distinto.

Pero volvamos al “collige virgo rosas” y su invitación a gozar de la juventud antes de que el tiempo marchite la belleza, que ya con Garcilaso se convierte en un modelo literario que se extiende rápidamente: fray Luis de León, Fernando de Herrera, Quevedo, Góngora, Lope de Vega o, por no excedernos en la enumeración, Francisco López de Zárate: “¡oh tú, cuanto más rosa y más triunfante, / teme, que la belleza son colores, / y fácil de morir todo accidente!”. Una idea de la belleza unida a la fugacidad y al color que es el punto de partida de Los años como colores, primer libro de poemas de Ignacio Elguero. O no exactamente, porque en 1985 Elguero publica ya un breve cuaderno, El dormitorio ajeno, cuyo título ha recuperado trece años después para el que hasta la fecha puede considerarse su mejor poemario.

Con esta nueva versión de El dormitorio ajeno, a la que ahora se acompaña de un subtítulo (38 poemas de amor), y en la que ya no queda rastro de aquellas primeras tentativas poéticas; su autor parece estar recordándonos, desde la reutilización misma del título, que Eros también tiene por costumbre bañarse en el río de Heráclito. Siempre es el mismo amor, el mismo deseo y el mismo placer, por mucho que los amantes salten “de habitación a habitación, / de cuerpo a cuerpo” y  vean “cómo amanece en cada cama, / cómo se oculta el sol tras unos besos”.

Para dar fe de ello, Ignacio Elguero elabora, página a página, un minucioso inventario del amor o, más concretamente, de sus máscaras: jóvenes bañistas, “muchachas de las estaciones”, una desconocida de la que sólo sabemos por el roce de su cuerpo (en el poema “Hora punta”, que es uno de los mejores del libro y que parece reelaborar “A une passante” de Baudelaire), o dos jóvenes haciendo el amor sobre la arena de la playa. En este sentido, resulta significativo el título de los poemas “Visión” y “Contemplación”: porque el deseo reside desde su inicio en la mirada. Una mirada que lo reinventa (“alimento mi cuerpo con los suyos” o “me conformo con eso, con mirarte: / tus pechos, tus caderas, tu cintura, / tu sexo ajeno a mí e inalcanzable”), hasta hacer que el deseo y, con él, el placer, parezcan “siempre asunto de desconocidos”. De ahí, también, El dormitorio ajeno.

Mirada del poeta y “Hechizo” o “Búsqueda” de un “Anhelo”. Presencia y extravío del amor, en un libro que abre otra etapa en la producción lírica de este poeta madrileño. “El tiempo es cuestión de instantes”, nos dice uno de los versos de Los años como colores. Y el instante literario de Ignacio Elguero parece haberle alejado en parte (sólo en parte) de la estética pop, de la contracultura, de aquella “generación subterránea” a la que se refería Leopoldo Alas en el prólogo a Los años como colores, o de los novísimos (a los que rinde homenaje en el poema que abre su segundo libro, Cromos).

El resultado es El dormitorio ajeno, un conjunto en el que su autor ha sacrificado algo de aquella frescura y atrevimiento para construir un libro más sólido y hondo. La obra de un poeta que se sabe más seguro a cada verso y que hace un sereno y meditado uso de la tradición: por encima de variaciones o de juegos metapoéticos puntuales, que en Ignacio Elguero son una constante, éste vuelve la vista principalmente a Juan Ramón y los poetas del 27, especialmente a Cernuda, a Salinas y a Aleixandre. Algo de ellos hay en el tono, en la construcción del verso, en el trato de la luz y de la sombra, en las imágenes: “dulce reposo, sosiego de luz, / aire anhelado, silueta de aire”.

En definitiva, un libro en el que el amor y la palabra se muestran tal como son, sin renunciar a nada: “En ti quiero quedarme / ocupándolo todo”. “Si no nos entendemos por el lenguaje –escribió Ramon Llull–, mejor nos entendemos por el amor”. Aunque quizá no haga falta. La mirada hedonista de Ignacio Elguero ha conseguido unir los dos extremos.

Publicada en El maquinista de la Generación, núm. 7
(febrero de 2004), p. 161.