domingo, 12 de junio de 2011

El mejor libro de poemas de 2010

Veinte compañeros de viaje. Así que lo primero es lo primero. Gracias a:

Almo González
AnaT
Carlo Carlucci
EvaPam
Fran
Jose
Juan Carlos Aguirre A.
natacha siroco
Tío Ethan
triu
tvcarmen2005
Xavier Castan

Los nombres en rojo están enlazados con sus respectivos blogs (si me he dejado alguno, por favor, avisadme: josepmrodriguez@hotmail.com, así también podré echarle yo un ojo). Hace ya unos días que llevo dándole vueltas a cómo agradecer vuestra confianza. No quería colgar otro poema, igual que cuando llegamos a diez. En parte por eso he estado leyendo esta semana sobre blogs. Aprendiendo cosas. Entre ellas, que si titulas una entrada Las fotos robadas de Scarlett Johansson o Jessica Alba desnuda tu número de visitas se multiplica. 

Bromas aparte, cuando cambié el título del gadget por “Compañeros de viaje” (no me gusta lo de “Seguidores”) era también una declaración de intenciones: convertir el blog en un lugar de encuentro. Pues bien, allá va. Desde siempre me han gustado las listas. Y he pensado que estaría bien hacer una. O mejor, escoger un libro de poemas publicado en 2010. ¿Cómo? Ya he empezado a contactar con algunos poetas para preguntarles qué obra del pasado año les gustó más. Quiero llegar a cincuenta. El voto es anónimo, aunque colgaré el nombre de los autores a los que he preguntado. A esos votos sumaré el de los compañeros de viaje que queráis jugar: enviadme un correo a la dirección de arriba. Se trata de escoger el mejor libro de poemas, original (no reediciones, ni traducción, ni antología, ni nada por el estilo) y publicado en España en 2010.

Espero que os guste la idea y os animéis.

sábado, 11 de junio de 2011

Juan José Saer

Hoy se cumplen seis años de la muerte de Juan José Saer. En París. Un cáncer. Aunque por entonces yo no sabía quién era. Reconozco que lo descubrí en 2008, cuando la editorial Visor publicó El arte de narrar. Desde entonces se ha convertido en una lectura recurrente, no sólo este libro, sino otros que el tiempo ha ido dejando en mis manos. Vuelvo a aquel primer volumen para buscar un poema que, aunque quizá no sea mi preferido, es el que me apetece colgar hoy.

      Para cantar

      La tarde está limpia como una hoja vacía.
      A veces, como una mano que escribe, la borronea el viento.
      La carcome, como a una esperanza que se enfría
      por ráfagas de remordimiento.
      Tarde carcomida de octubre, desaforada luz del día.
      No tengo paz y estoy contento.

viernes, 10 de junio de 2011

Estancia japonesa / Stanza giapponese

( Junichirō Tanizaki)

En mitad de la noche,
parpadea un vela.

Mi corazón,
el viento.
                    (Raíz, Visor, Madrid, 2008)

                                                 Nel mezzo della notte,
                                                 sbatte una vela.

                                                 Il mio cuore,
                                                 il vento.
(trad. Monika Izabela Jaworska)

jueves, 9 de junio de 2011

"Raíz", reseña del escritor Ricardo Virtanen

Un poeta creacionista

Quizá llame la atención en exceso el título de este trabajo. Y con ello, que conste, soy consciente de que entre aquel movimiento adoctrinado por Vicente Huidobro en los primeros años diez, y después consolidado en España por Gerardo Diego y Juan Larrea, y J.M.R., perteneciente a la última promoción de poetas españoles ―acaso ya la penúltima―, debe transitar un abismo poético e ideológico. Josep M. Rodríguez, en efecto, nacido en Súria (Barcelona) en 1976, pertenece a una promoción de poetas, nacidos entre 1969 y 1980, en los que se observa una asimilación novísima de la imagen en el poema ―creacionista, sin duda―, así como el predominio de un discurso fragmentado, elíptico, esencialista (otros serían Carlos Pardo o Fruela Fernández).

Raíz es su último trabajo, tras Las deudas del viajero (1998), Frío (2002) y La caja negra (2004). Asimismo, y este dato no es baladí, es autor del ensayo Hana o la flor de cerezo (2007), de la antología de haikus Alfileres (2004) y traductor del gran Issa Kobayashi. Y lo digo porque su autor es un consumado especialista en poesía oriental, lo cual queda reflejado, no en la consecución de haikus y tankas en sus poemas (quizá hubiera sido lo más cómodo), sino en la influencia de lo oriental como vía expresa para la connotación poemática, la esencialidad, la sugerencia y lo misterioso (“Sólo tengo interés por el instante”). A lo más entrevemos un final casi haiku en su poema “Teru Miyamoto”, texto de 14 versos que acaba:

                      Todo es parte de todo:
                      Cae otra hoja,
                                         y se detiene el mundo.

Otro poema, “Postal de invierno”, se asemeja a una tanka.

Mientras, “Estancia japonesa” es casi tanka de cuatro versos:

                      En mitad de la noche,
                      parpadea una vela.

                     Mi corazón,
                     el viento.

Rodríguez despliega una poesía que busca, como la oriental, la condensación y la brevedad como formas poéticas, tal y como leemos en un poema de estirpe generacional, “Ecuación”:

                    Caminamos.
                    Somos como los radios de una rueda.
                   Estamos juntos,
                   la realidad se mueve gracias a nosotros.
                      
Raíz (también La caja negra) nos remite a un libro de estirpe episódico, referencial y diarístico, no anecdótico y descriptivo (lo que finalmente le diferenciaría del credo huidobriano). Dividido en cuatro partes, auspiciadas por citas que introducen temáticamente los poemas, predomina la poética de un yo activo, fragmentada e iluminadora. Una conciencia esencialista y simbólica que ahonda en la cotidianidad sin referirla, como bien expone su poema “Erosión”, con cierta mirada elegíaca:

                   Yo también
                   he aprendido a escribir para abreviar el tiempo,

aunque ese “interés por el instante”, le aleje de ello: “por eso me he negado a la elegía”. Poesía, cómo no, en la que abunda la elipsis como procedimiento poético (pienso en “Silencio”), y el poema fragmentado en retales que conforma una escena cotidiana, donde cabe la simbología: “debo cambiar la hiedra por la roca”, y sobre todo el imaginismo, que suele entreabrir los poemas: “el final de la tarde es un limón con moho”, “un mar de grasa líquida”, “abro el paraguas / y es un sol oscuro” o “el sol es un coágulo de sangre”. A veces, incluso, se aproxima a la greguería: “La noche sin estrellas sólo es párpado”.

La mirada de un yo activo pues es la base de los poemas (“la poesía que me interesa habla de mí”, dirá en una poética). La consecución de un poema dinámico lo observamos en “Atentado”, donde predomina una poesía verbal: “apago”, “miro”, “vuelvo”. Fragmentación, esencialidad y elipsis conforman una nueva manera de mirar en el poema, con uso de la enumeración, lo que le acerca más a un cuadro impresionista que a una fotografía: “este poema / no es más que la corteza de lo que está pasando”.

En este sentido diremos que una cartografía de lo esencial divaga en los textos, los cuales, como arrancados del pensamiento, conforman escenas fragmentadas conducidas por verbos de acción que activan el poema. En Raíz, el poeta trata de hilvanar tanto aspectos biográficos como estéticos. Buscan la raíz, el fondo, el equilibrio entre tradición y novedad a la hora de señalar una búsqueda, la cual es casi encuentro generacional: “desierto adentro, / construir un faro”. Raíz por indagar profundamente en su interioridad, en la esencia de sus actos, de su presente y pasado: “somos raíz hundiéndose en la tierra”. El libro por ello acabará con estos versos: “La emoción necesita de un proceso. / No olvides los anillos de los árboles”. Todo apunta hacia un centro motor de búsqueda y reencuentro: “vivir la vida en círculos crecientes / que nazcan y se extiendan desde mí”. Raíz es epifanía del centro y sus extremos. También profundidad, y cómo no, estética.

Josep M. Rodríguez se concreta en uno de los máximos exponentes de la poesía que llega con el nuevo siglo, un poeta creacionista del siglo XXI que echa raíces con un libro que es la culminación de un proceso poético muy elaborado. Raíz, un libro que ofrece sin ambages la confirmación de una voz que se suma con voluntad de cambio a los senderos e iluminaciones de las poéticas recientes.

En Fragmenta, núm. 1 (septiembre, 2010), pp. 325-327.

miércoles, 8 de junio de 2011

Antonio Cabrera

Páramos altos
                                         a Txema Martínez y Josep M. Rodríguez

Altos son estos páramos que cruzo,
país de la intemperie. Las sabinas,
con un pétreo porqué,
han tejido sus ramas geológicas
en conos de esmeralda que el aire ensucia y seca.
La calima me roba el horizonte,
encierra el llano abierto en la interrogación.
¿Son así, retraídos, estos árboles?
¿Es polvoriento el cardo? ¿No es de un lila inocente?
¿Es tan moroso el vuelo de las águilas? ¿No concluye?
¿Se ha apagado el charol de las cornejas?
Siempre hay calima. Siempre estamos
en la proximidad más engañosa.
Estamos lejos aunque cerca estemos.
Qué pobre mineral, qué poso tan estéril
hay en lo comprendido.
Existe un sitio adonde escapa todo.

                                                         (De Con el aire, Visor, Madrid, 2004)