jueves, 9 de junio de 2011

"Raíz", reseña del escritor Ricardo Virtanen

Un poeta creacionista

Quizá llame la atención en exceso el título de este trabajo. Y con ello, que conste, soy consciente de que entre aquel movimiento adoctrinado por Vicente Huidobro en los primeros años diez, y después consolidado en España por Gerardo Diego y Juan Larrea, y J.M.R., perteneciente a la última promoción de poetas españoles acaso ya la penúltima, debe transitar un abismo poético e ideológico. Josep M. Rodríguez, en efecto, nacido en Súria (Barcelona) en 1976, pertenece a una promoción de poetas, nacidos entre 1969 y 1980, en los que se observa una asimilación novísima de la imagen en el poema ―creacionista, sin duda, así como el predominio de un discurso fragmentado, elíptico, esencialista (otros serían Carlos Pardo o Fruela Fernández).

Raíz es su último trabajo, tras Las deudas del viajero (1998), Frío (2002) y La caja negra (2004). Asimismo, y este dato no es baladí, es autor del ensayo Hana o la flor de cerezo (2007), de la antología de haikus Alfileres (2004) y traductor del gran Issa Kobayashi. Y lo digo porque su autor es un consumado especialista en poesía oriental, lo cual queda reflejado, no en la consecución de haikus y tankas en sus poemas (quizá hubiera sido lo más cómodo), sino en la influencia de lo oriental como vía expresa para la connotación poemática, la esencialidad, la sugerencia y lo misterioso (“Sólo tengo interés por el instante”). A lo más entrevemos un final casi haiku en su poema “Teru Miyamoto”, texto de 14 versos que acaba:

                      Todo es parte de todo:
                      Cae otra hoja,
                                         y se detiene el mundo.

Otro poema, “Postal de invierno”, se asemeja a una tanka.

Mientras, “Estancia japonesa” es casi tanka de cuatro versos:

                      En mitad de la noche,
                      parpadea una vela.

                     Mi corazón,
                     el viento.

Rodríguez despliega una poesía que busca, como la oriental, la condensación y la brevedad como formas poéticas, tal y como leemos en un poema de estirpe generacional, “Ecuación”:

                    Caminamos.
                    Somos como los radios de una rueda.
                   Estamos juntos,
                   la realidad se mueve gracias a nosotros.
                      
Raíz (también La caja negra) nos remite a un libro de estirpe episódico, referencial y diarístico, no anecdótico y descriptivo (lo que finalmente le diferenciaría del credo huidobriano). Dividido en cuatro partes, auspiciadas por citas que introducen temáticamente los poemas, predomina la poética de un yo activo, fragmentada e iluminadora. Una conciencia esencialista y simbólica que ahonda en la cotidianidad sin referirla, como bien expone su poema “Erosión”, con cierta mirada elegíaca:

                   Yo también
                   he aprendido a escribir para abreviar el tiempo,

aunque ese “interés por el instante”, le aleje de ello: “por eso me he negado a la elegía”. Poesía, cómo no, en la que abunda la elipsis como procedimiento poético (pienso en “Silencio”), y el poema fragmentado en retales que conforma una escena cotidiana, donde cabe la simbología: “debo cambiar la hiedra por la roca”, y sobre todo el imaginismo, que suele entreabrir los poemas: “el final de la tarde es un limón con moho”, “un mar de grasa líquida”, “abro el paraguas / y es un sol oscuro” o “el sol es un coágulo de sangre”. A veces, incluso, se aproxima a la greguería: “La noche sin estrellas sólo es párpado”.

La mirada de un yo activo pues es la base de los poemas (“la poesía que me interesa habla de mí”, dirá en una poética). La consecución de un poema dinámico lo observamos en “Atentado”, donde predomina una poesía verbal: “apago”, “miro”, “vuelvo”. Fragmentación, esencialidad y elipsis conforman una nueva manera de mirar en el poema, con uso de la enumeración, lo que le acerca más a un cuadro impresionista que a una fotografía: “este poema / no es más que la corteza de lo que está pasando”.

En este sentido diremos que una cartografía de lo esencial divaga en los textos, los cuales, como arrancados del pensamiento, conforman escenas fragmentadas conducidas por verbos de acción que activan el poema. En Raíz, el poeta trata de hilvanar tanto aspectos biográficos como estéticos. Buscan la raíz, el fondo, el equilibrio entre tradición y novedad a la hora de señalar una búsqueda, la cual es casi encuentro generacional: “desierto adentro, / construir un faro”. Raíz por indagar profundamente en su interioridad, en la esencia de sus actos, de su presente y pasado: “somos raíz hundiéndose en la tierra”. El libro por ello acabará con estos versos: “La emoción necesita de un proceso. / No olvides los anillos de los árboles”. Todo apunta hacia un centro motor de búsqueda y reencuentro: “vivir la vida en círculos crecientes / que nazcan y se extiendan desde mí”. Raíz es epifanía del centro y sus extremos. También profundidad, y cómo no, estética.

Josep M. Rodríguez se concreta en uno de los máximos exponentes de la poesía que llega con el nuevo siglo, un poeta creacionista del siglo XXI que echa raíces con un libro que es la culminación de un proceso poético muy elaborado. Raíz, un libro que ofrece sin ambages la confirmación de una voz que se suma con voluntad de cambio a los senderos e iluminaciones de las poéticas recientes.

En Fragmenta, núm. 1 (septiembre, 2010), pp. 325-327.

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